Back in black

•05/03/2014 • Dejar un comentario

Vuelvo a bloggear. Lo siento por los pocos amigos que me seguís (seguíais) pero la temática cambiará por completo. Abrir un blog nuevo es gratis, pero wordpress decidió eliminar el tema que uso. Y me mola este tema. Mucho. Así que me quedo con este blog, le pego un cambio salvaje y de ahora en adelante paso a hablar de nutrición, biomecánica, salud pública y salud púbica, que además del rock n roll son de las pocas cosas que me interesan (podría charlar de política e historia pero en los últimos años me he vuelto pacifista. Di no a las ciberdiscusiones violentas). Entre el trabajo, el estudio y la maternidad, escribir sobre lo que tengo todo el día entre manos me sirve para aclarar mis propias ideas –y de paso divulgar información que considero necesaria-.

Si Kipling levantara la cabeza….

•18/08/2011 • 1 comentario

Grazzie Juliet!

… maravillas escribiría en la India del siglo XXI.

Las ratas higiénicas de Chennai

•09/07/2011 • 2 comentarios
Asalto a jabón Rexona con alevosía y nocturnidad

Asalto a jabón Rexona con alevosía y nocturnidad

Observad con atención la foto de arriba. Esa pastilla de jabón lleva dos semanas en mi baño. Dos semanas durante las que me he duchado, lavado las manos (unas 20 veces al día) y partes pudendas de mi anatomía en este país en el que el papel higiénico es un concepto tan occidental como el nudismo. No existe. Cuando me levanté esta mañana, sin lentillas ni demasiada luz y procedí a enjabonarme las manos –no preguntéis para qué- noté algo extraño en la superficie de la pastilla. Me acerqué un poco. Bueno, sí, me acerqué bastante porque no veo ni torta. Y los vi. Dos clarísimos mordiscos. Como ya no creo en arañas mutantes ni en vampiros y después de escudriñar como forense la escena del crimen y descubrir un par de rastros de mierdecilla de roedor, ganó el sentido común y decidí concluir que se trataba de un ratón. Sí, parece de cajón. ¡Pero es que es una pastilla de jabón! ¿Qué clase de ratón con dos dedos de frente se come un jabón? Pese al considerable tamaño de los piños del animal descarté la presencia de la rata por dos motivos: uno, las ratas que he visto hasta ahora en India parecen castores y dos, las ratas son listas. Y guarras. No se comerían un jabón. He de confesar que también descarté la rata porque la idea de dormir a 3 metros del lugar en el que un roedor del tamaño de un tapir se divierte de noche no beneficia en nada a mi recurrente insomnio. De todas formas, lo más absurdo de la situación es que hay dos mordiscos. O sea, que el bicho probó y le debió gustar, porque probó otra vez. Podría entender que lo considerara un producto exótico o que después de haber comido demasiada mierda en las habitaciones contiguas necesitara lavarse los dientes. Aún así, reconozcámoslo… es completamente absurdo. Aunque si consideramos la nacionalidad del roedor todo cobra sentido. Es indio.

Hace dos años que Vietnam estaba en el top, con nota cum laude, de mi lista de países absurdos. Pero no puede uno intuir, vivir, ver, probar y oír el absurdo hasta que no llega a India. Criatura. Inocente. Ande vas… Esto es un universo de contradicciones y una contradicción en sí mismo. Es imposible de describir con precisión. No os imaginéis una Disneylandia jipi porque la gigantesca dimensión espiritual india parece ser directamente proporcional a su falta de moral. En este sito generalizar es más estúpido que en cualquier otro lugar, aunque lo acabe de hacer. Es como si todo tuviera cabida y nadie pareciera darse cuenta. Lo más repugnante y lo más divino del ser humano se encuentran en un restaurante vegetariano para comer un Chicken biryani. La riqueza más obscena y la pobreza más denigrante viven separadas literalmente por una pared y no parecen molestarse demasiado. Salir a la calle en este lugar cuando uno tiene una cuenta bancaria con dinero suficiente como para vivir un mes en un país occidental sin demasiadas privaciones es molesto. Es molesto para la conciencia tener que andar haciendo un simple recorrido de 500 metros haciendo la vista gorda todo el tiempo. No se preocupen… la clase media y los ricos encontraron la solución. Coche y moto para todo. Caminar o coger el transporte público es de pringaos.

Postales chennaiescas

Postales chennaiescas

Lo más chocante, sin embargo, no es la pobreza. Es el contraste. No siento pena, no se me encoje el corazón cuando paso por una zona de chabolas, porque esta pobreza, pese a todo, tiene algo de digna. No parece ser demasiado consciente de sí misma, de su propia existencia. Es gente que vive –como viva es otra cosa- y punto. Si mis circunstancias me hubieran condenado a vivir de esa manera cuando un capullo que no es por naturaleza mejor que yo está podrido de millones en la casa de al lado no tardaría demasiado en mangar un Kalashnikov y fundar la India socialista pero… no sé, como que parece que la idea aquí nunca cuajaría. A pesar del caos absoluto, de la falta de límites, de las contradicciones, de la violencia y la inseguridad -pero también de la generosidad y el amor que se respira en todo el mundo-, lo más curioso de India es que se acepta a sí misma. Nada tiene sentido, pero el sentido es que no lo tenga.

No me han caído ni Shiva ni el espíritu santo encima ni he visto ninguna luz desde que llegué. Esto es el sitio más infecto que he pisado en mi corta vida. Apenas tengo electricidad después de las 6 de la tarde ni nada parecido al agua caliente, tengo que ir a buscar agua potable cada semana –eh, otra gente tiene que hacerlo cada día-, lavarme la ropa en un cubo, a mi baño entran ratas, hace un calor difícil de soportar, y… bueno, no vivo en una chabola pero para estándares occidentales esto no es un paraíso. Sí, es una porquería. No viviría así el resto de mi vida ni en broma pero como que se me ha contagiado el pasotismo indio. Ya me da igual, no tiene importancia. ¿Lo cambiaría si tuviera la oportunidad? Obvio. Pero no la tengo. Así que bueno, de momento todo bien. La vida sigue por aquí. Con ratas y todo.

Templos de la modernidad occidental

•02/06/2010 • 1 comentario

El séptimo cielo, sí señor

Korea, China, Vietnam y Tailandia (no incluyo a Laos ni a Camboya porque los dos están por ahí alejados de la mano de Dios, en todos los aspectos) no tienen demasiadas cosas en común. Sí muchos acuerdos y desacuerdos que se han ido sucediendo a lo largo de miles de años de historia durante los que China dirigó el cotarro a este lado del mundo. No hay nación sin algún grado de influencia china en Asia. Pero a parte de eso, la verdad es que en general no se parecen más que en la forma de los ojos (y hasta eso sería dudoso para cualquier asiático). De esos poquitos puntos comunes hay uno indiscutible: el desarrollo económico en todos ellos ha sido un shock tremendo. De sociedades completamente rurales con sistemas de organización social casi medieval han pasado a ser gigantes productivos –en mayor o menos medida- ávidos de pasta y presencia en la escena internacional en un chasquido. OK, Vietnam es un gigantito wannabe, pero ahí está, intentando hacerse un hueco. Todos han asimilado el cambio de forma distinta, y llama especialmente la atención que ese cambio para ellos no haya sido sólo en calidad de vida o nivel de ingresos… culturalmente se han abierto a occidente, o han tratado de hacerlo. Y creedme que es muy cachondo para un blanco llegar a un sitio como este y observar como han engullido, masticado, deglutido y cagado la cultura occidental, o lo que ellos creen que es la cultura occidental –OK que eso de “cultura occidental” es un ente tan difícil de definir como el de “cultura asiática”. Todos han hecho su propia reinterpretación de lo que significa ser occidental, así que según el país y según el grado de occidentalización el nivel de cachondeo varía. Korea realmente se lo ha tomado muy en serio, como todo. O facsímil, o nada. China… China es China, todo lo mezclan en una sopa de fideos kitsch. Thailandia… Bueno, los tailandeses son muy suyos e indudablemente tienen bastante más estilo para asimilar lo occidental que sus vecinos. Supongo que por culpa de tanto farang saben mejor que el resto como se las gastan los blancos. Pero hay una cosa común a toda Asia oriental en esto de la occidentalización que me llama especialmente la atención: la obsesión por las franquicias, y de las franquicias, las de comida rápida por aquí son lo más de lo más.

Los koreanos se pierden por Dunkin Donuts, los chinos por MCDonalds y KFC, los vietnamitas se pirran más por KFC todavía que los chinos y a los tailandeses les pone mucho, pero muchísimo, 7 eleven. Y cuando digo que les gusta, no digo dos o 3 establecimientos por cada quinientos mil habitantes. Digo uno cada dos cuadras. Mientras en occidente las franquicias de comida rápida no son más que el último recurso para gastar ese euro de sobra en la billetera con algo de basura que llevarse a la boca y la diana favorita de los perroflautas antiglobalización, en Asia se le rinde culto a las cadenas –no va con segundas. Esos espacios impecables, asépticos, impersonales, donde todo es previsible y calculable, donde no hay que regatear ni apartar cucarachas del suelo –o de sitios peores-, donde no hay que agacharse para echar una meadita porque tienes gratis un señor inodoro occidental limpio y perfumado presto a recibirte el pandero, en suma, son un símbolo de progreso. Y no hay vergüenza en ello –aquí todo lo que sea símbolo de riqueza se ostenta sin ninguna vergüenza, aquello de “la avaricia es buena” en Asia es una máxima de lo más respetable-. Al contrario. Las franquicias son el lugar favorito para pasar el tiempo, quedar con los amigos, salir a cenar con la familia, todo. Todo mola más cuando te atiende un servil empleado de uniforme con un discurso pedorro ensayado, les encanta. Es una fijación infantil –como la que tienen en general con lo occidental- que me resulta como poco sorprendente. También me da que pensar la cara que deben poner ellos cuando ven a un blanco vestido de tailandés –o de la idea que tienen de lo que es tailandés- caminando por Chiang Mai camino a su clase de Tai Chi. ¿Os suena el término “desubicado”? Pues eso.

Estoy de vuelta en Chiang Mai, Thailandia, unos meses. Estudiando cosas de blancos desubicados, qué le vamos a hacer. Y no sé por qué la vez anterior no había caído en la plaga del 7eleven. Es curioso que no sólo les molan las franquicias, es que les molan en particular las que en occidente están de capa caída. Y el 7eleven es el perfecto ejemplo de emporio en horas bajas… salvo en las calles de Tailandia. Y es que las virtudes del 7 son innumerables: aire acondicionado gratix, el soniquete del timbre para anunciar la llegada del cliente –lo primero-, orden, limpieza, productos básicos a precios asequibles, tostados con sabor a tupper ware listos en 2 minutos, cigarrillos, yogures con su cucharilla de plástico, empleados con la etiqueta de “trainee” en inglés para que el farang no se cabree… el paraíso. ¿Que me he quedado sin agua fría? 7 eleven! ¿Que no tengo cuaderno para clase? 7eleven! ¿Que se me han acabado los condones? 7eleven! ¿Que tengo hambre después de una borrachera de Chang y el puestero de la esquina ya se ha llevado el carro? 7 eleven! Y lo mejor, se llaman 7eleven pero están abiertos 24 horas. Y están por todas partes. Si cerraran todos elevarían el índice de paro del país a una cifra significativa, y además, me joderían la existencia.

KL

•10/12/2009 • Dejar un comentario
KL, Little India

KL, Little India

Así, “KL” llama la gente a Kuala Lumpur. Suena muy yanqui -por esa querencia que tienen por las siglas-.  Ciudad grande, bastante occidentalizada, como todas las de la Asia “rica” y con un par de torres que la pusieron en el mapa turístico mundial hace ya 12 años. Aunque la primera mirada a lo alto del edificio te deja con la boca abierta (porque a los ojos les cuesta llegar tan lejos, más que nada), son eso, un edificio más. Otro descomunal monumento al dinero resultado de la ambición de un político muy listo, y otro símbolo más de la idea de progreso de los “tigres asiáticos”.

A todo esto, en la vida he visto semejante mezcla racial. Indios, chinos, malayos, árabes… El país, o más bien la etnia malaya, es mayoritariamente musulmán, pero con la cantidad de “minorías” que viven en en este sitio, no parece predominante. Sólo choca el número de velos por metro cuadrado. Muchos, muchos. Se hablan más de 5 lenguas en el país, en los carteles oficiales aparecen tres (malayo, chino y árabe). No sé para qué… Aquí todo dios habla inglés. Y no, no con los extranjeros. Hablan inglés entre ellos! Me dicen que si saludo en malayo pareceré una turista más. Inglés,y punto. Que hay que adaptarse al medio… Surrealista.

Me dice mi amigo (etnia china, cinco generaciones aquí) que se muda a Australia pronto. Le pregunto por qué. “No es fácil ser una minoría aquí -minoría???-. Discriminación”, me responde. Al parecer cada etnia tiene su lugar en la estructura social malaya. Son los indios, sin embargo, los que se encuentran en la posición más baja. Joder, y cómo cocinan. Estoy comiendo más curry que el comí en 25 años juntos. Esta ciudad es un paraíso gastronómico (y barato!).

De motos

•25/11/2009 • 1 comentario
Hanoi a las 2 de la tarde

Hanoi a las 2 de la tarde

Uno de los múltiples usos que los vietnamitas le dan a la maquinita. Imaginación. Y superviviencia.

Uno de los múltiples usos que los vietnamitas le dan a la maquinita. Imaginación. Y superviviencia.

3 en 1 (eloyhanoi.blogspot.com)

3 en 1 (eloyhanoi.blogspot.com)

¿Monovolumen?¿Ein?

¿Monovolumen?¿Ein?

Volver a Hanoi

•08/11/2009 • 1 comentario
Long bien bridge

El puente de Long Bien. Cruza el Río Rojo y separa Hanoi de Gia Lam.

El aeropuerto de Noi Bai es un aeropuerto ni fu ni fa. Hasta el de Teruel es más moderno (sin acritud ;-)), y me atrevería a decir que tiene más tráfico que el de Hanoi. Llegar aquí en avión es casi como llegar a una capital de provincias. Un coñazo. Poca gente, poco movimiento y mucho funcionario. También puede ser una pesadilla, ojo, si tienes que pasar por… INMIGRATION DEPARTMENT. Sí. Ser un sinpapeles es lo que tiene a veces, hasta en repúblicas bananeras le ponen a uno pegas para circular. Qué vergüenza.

El gobierno vietnamita se sacó recientemente de la manga una normativa -temporal, son siempre temporales- para librarse de inmigrantes pesados, chinos y malayos y de paso sacar unos cuartos a los expats teachers y los “bussines” men en situación de, digamos, legalidad parcial. Según la norma en cuestión, desde octubre, cualquiera que decida renovar la visa habiendo alargado la estancia ya más de una vez debe salir del país y tramitar una nueva visa pagando la correspondiente coima… esto, “tarifa”, perdón. Vietnam es asquerosamente corrupto, y corrupto sin pudor, que es lo más desconcertante. Y lo más cachondo, la verdad. La lista de anécdotas sobre corrupción en este país da para un blog aparte. De humor.

Bueno, gracias a la normativa de marras, tuve que volar a Tailandia en éxodo expat junto con otro montón de sinpapeles en situación similar hace unas tres semanas. Nos encontramos todos en el mismo avión-patera de Air Asia, encantados de invadir el reino Thai cual playa canaria durante unos días (por si no estuviera suficientemente invadido ya por hordas de turistas) y volver a Vietnam con la ansiada visa. Surrealista el encuentro. “Hostia, tío, pero tú no tenías la bussines visa de 6 meses?”, “ya ves, los de Oxford school se olvidaron de renovármela y cuando me quise acordar me quedaba una semana”, “Anda, que en Smart kids ni papeles ni leches, cuando vuelvas de Thailandia ya nos contarás””Pues yo curro para Acet, tengo permiso de trabajo””¿Y qué haces en el avión entonces?””Pues me voy de vacaciones, pringaíllo”.

Thailandia es… para alargarse en otra ocasión. Apenas estuve dos semanas en Chiang Mai, al norte, sin playas, ni putas (bueno, algunas) ni demasiados turistas. Ciudad tranquila, excesivamente tranquila quizás, con más templos que habitantes por metro cuadrado y una cantidad alarmante de centros de masaje tailandés. Supongo que parte serían de los de happy ending. No me asomé a preguntar. Es un sitio con encanto, pero no pude evitar echar de menos el ruido, la suciedad, la mala educación, los olores, el my xao del bar de la esquina, el bia hoi, Tay Ho, los motobaik taxis y hasta el tráfico. No pude evitar echar de menos Vietnam. Y volví.

Es un poco difícil a veces intentar entender qué tiene este sitio que atrapa. Supongo que tienes que estar un poco mal de la cabeza o muy resentido con la civilización occidental para que esto te atrape, pero igual, sucede. Es caótico, ruidoso, peligroso a menudo, hermoso. Surrealista. Es innumerable la cantidad de veces al día en las que lo que veo me dejá atónita. Nada encaja mucho. Nada tiene mucho sentido. Y a nadie le importa mucho. Y eso es lo mejor. En Vietnam, a nadie le importa nada una mierda. La existencia aquí es un absurdo constante. Este sitio es una fuente inagotable de cachondeo. Me encanta. No sé muy bien cómo, pero a pesar de todo este desastre, lo cierto es que la vida aquí parece fluir sin mayores problemas. Se hace leve.

El lunes pasado volví a respirar el polvo de Vietnam y me sentí como en casa. Ya diestra en el arte de esquivar vendedores, taxistas, xe oms (Moto taxis) y demás fauna callejera, escapé corriendo a la zona de los buses públicos del aeropuerto y allí empezó un maravilloso día hanoian. Después de preguntarle al conductor en mi patético vietnamita y que el tío me asegurara que el bus iba a donde quería que fuera, me subí la mar de contenta. Me equivoqué de bus, cómo no. Hanoi está dividido en dos por el Río Rojo. La zona al este del río es más un pueblo que nada, y, cosas de Vietnam, pareciera que el puente separara más que un par de trozos de tierra. Al este del río no están muy acostumbrados a ver blancos, y menos que menos, turistas (blancos). Bien, el maldito 17 me dejó al este del río. En Asia uno aprende a sentirse observado por costumbre. Aquí tú eres el chino, el negro o el moro que aterriza en un pueblo español en los años cuarenta y cómetelo, acostúmbrate a ello, no te queda otra. La sensación es siempre incómoda, y lo es más dada la costumbre asiática (sí, general) de OBSERVAR. No tienen ningún reparo en mirarte fijamente durante el tiempo que sea necesario para escrutar hasta el último pelo que te asoma por la nariz. Tú aquí estás fuera del orden natural, así que aguántate. Aún así, se acaba convirtiendo en una sensación cotidiana. Los vietnamitas además tienen esa graciosa costumbre de acercarse, descargar la batería de preguntas en inglés que saben (unas cuatro), escuchar pacientemente respuestas que no entienden, fingir que las entienden, sonreírte y hasta invitarte a su casa o un fiestorro que monta el vecino esta noche. Así que pasada la sensación de incomodidad inicial, si uno se lo toma con humor, se siente una estrella del rock. Y en Gia Lam, al este del río, ¡mil veces más que en Hanoi! Los yayos borrachos ofreciéndote birra, la gente saludándote por la calle, los mototaxis agobiándote, las chicas vendiéndote fruta. Les has dado la noticia del día, genial. Se miran entre ellos, hablan de ti, sonríen picarones. Crucé el puente caminando (un puente cochambroso que diseñó Eiffel -el de la torre- hace ya casi cien años) y llegué a las paradas de bus. Siempre llenas. La mitad de los que esperan de hecho esperan al autobús, la otra mitad son motorbike taxis ansiosos por pillar viajeros cansados de esperar al autobús. Y son pesados los cabrones. No entienden un no, y tampoco parecen deducir que si rechazas a uno no es porque quieras otro. Así que llegar a estos sitios llamando la antención es una tarea difícil de aguantar. Un enjambre de tíos gritándote. “Madame!””Ch, ch,ch!” “Hey!” “Motoooooo!””Madame, motooooo”. Encima te llaman madame, si son un cielo. Hasta que llega el tío chulo que te saca del apuro y aparta a todos los demás haciéndose el superhéroe. Probablemente hable algo de inglés y quiera presumir y practicar. Así que nada. A practicar. Where you from, how old you, what you do in Vientam, married?. Y un pesao que se acerca, y se acerca demasiado, y entiendes la palabra “marido” en Vientamita, y contestas que sí. Y el pesao que no se va. Quizá te preguntó que si querías ser su marido, tú, y aceptaste la propuesta. Y de repente una chica que se acerca, te coge del brazo (estas cosas aquí son de lo más normal, uno se siente un niño de 2 años tironeado por abuelas plastas todo el tiempo) y te aparta. Y los tíos que me siguen hablando en vientamita de lejos, y la tía traduciendo “Dicen que pareces vietnamita, no estás gorda, y que si comes mucha comida de aquí”. Y yo despollándome de los comentarios. Y la chica que me arrastra al bus. Y me paga el billete. Con un par. Me pagó el billete de autobús. ¿Qué más quiero?